Universidad y emprendedores: ¿indiferencia, recelo o colaboración mutua?

Hicimos - Editorial Febrero - Marcela Lomba

La autora del siguiente artículo es Marcela Lomba.

Hay preguntas que vienen con respuestas políticamente correctas y respuestas deliberadamente provocadoras. Una de esas preguntas típicas es si el emprendedor nace o se hace. Otra, íntimamente relacionada con la anterior, es si hace falta haber estudiado negocios (o incluso, haber estudiado cualquier otra cosa) para emprender.

Un retrato de nuestro imaginario social responde en apoyo de la respuesta deliberadamente provocadora, la que opina que no hace falta haber pasado por un curso de contabilidad ni de estrategia para captar una oportunidad de negocios. Es el retrato del inmigrante de primera o segunda generación que apenas si había terminado el secundario (a veces ni siquiera eso), sabía un oficio, empezó con la zapatería o la panadería del barrio y edificó un imperio (—o al menos una empresa que sobrevivió tres generaciones—, que no es poco). Todos tuvimos un abuelo o bisabuelo que hizo alguna de estas hazañas, o conocemos a alguno. Aunque por los tiempos en que ese abuelo o bisabuelo era joven y luchaba por forjarse un futuro, ese inmigrante casi iletrado haya dado lo que no tenía para que su hijo o hija fuera a la universidad o pensara que cualquier gerente de una empresa multinacional debería por fuerza ser un modelo de éxito comparado con él. Por eso deseaban para sus hijos el futuro del gerente de IBM, o el del profesional liberal (“M’hijo el dotor”).

Otro retrato cultural, mucho más moderno, es el del nerd que armó una empresa de Internet en el garage, dejó la universidad de Stanford o el MIT, y ahora figura en la lista de las 20 personas más ricas del mundo. Es que para inicios de este siglo, el modelo de lo que era socialmente atractivo había cambiado, y ya en los albores del siglo XXI, luego del auge y caída de los yuppies en los 90 (el canto del cisne de la carrera corporativa) empezó a ser mucho más glamoroso ser emprendedor. Aparecieron los autodenominados “emprendedores seriales” y la categoría de “emprendedor”, que antes era un adjetivo (una persona emprendedora) se convirtió en un sustantivo que designa a quien no teme al riesgo, vé oportunidades de negocios en todos lados, es capaz de aprovecharlas (esto es fundamental) y tiene gran capacidad de ejecución, autoestima y perseverancia. Entonces, las universidades, sobre todo las escuelas de negocios, debieron actualizarse e incluir programas de Entrepreneurship en las currículas de sus carreras. Hoy, quince años después de la explosión de la burbuja de Internet, ¿puede decirse que han tenido éxito en este empeño?

Es interesante leer la entrevista que el New York Times publicó hace un par de años a Laszlo Bock, Senior Vicepresidente de Human Operations (algo así como el Director de RRHH) para Google, en la que dice que la proporción de empleados sin grado universitario crece cada año en Google y que cada vez tienen mayor conciencia de lo difícil que es predecir la capacidad de liderazgo de un potencial empleado a través de tests, entrevistas o mirando el currículum académico (pueden encontrar la entrevista completa acá). Y aunque el debate sobre el futuro de la educación excede estas breves líneas, si te interesa el tema, podés leer el libro de Santiago Bilinkis, “Pasaje al Futuro” en el que recorre algo de esta problemática, brinda su punto de vista y da algunos links interesantes (algunos de ellos aquí). Santiago Bilinkis pertenece a ese nuevo colectivo de los autodefinidos como “emprendedores seriales”. Yo hago una distinción: podés empezar un negocio, enamorado de tu proyecto. En ese caso, no sos emprendedor, sos “zapatero” si sos Sarkany, o “diseñador” si sos María Cher. Pero si vas por la vida emprendiendo una cosa para generar riqueza, y después vender la empresa a un fondo, te convertís en millonario en cinco años y empezar otro negocio con el mismo fin, es distinto. En su sentido restringido, eso sería exactamente, ser emprendedor. Alguien cuyo negocio en la vida es emprender, una y otra vez, no importa el éxito (si tiene éxito, vende el negocio) o el fracaso (si fracasa, lo manda a pérdida). Un zapatero hace zapatos, un emprendedor emprende. En uno u otro lado del espectro, la universidad sirve de la misma forma que sirve cualquier fuente de conocimientos en la vida. Siempre es mejor que te faciliten la información, los ejemplos, los modelos, las estructuras de pensamiento, los datos y las opiniones sustentadas, que suposiciones, desorientación, opiniones mal fundamentadas, intuiciones y golpes de suerte. Y aunque estos dos últimos sean necesarios en cualquier caso, yo creo que no son suficientes en ninguno.

Personalmente, creo que el error es pensar la universidad en términos profesionales y no de formación. Es cierto que algunas carreras requieren una certificación de aptitudes y habilidades para garantizar a la sociedad el ejercicio responsable de asuntos que serían peligrosos en manos incapaces (ingeniería, salud, arquitectura, contabilidad, abogacía), pero también es cierto que la mayor parte de la educación superior hoy podría ser perfectamente autoadministrada y los profesores sustituidos por videos y ejercicios on line. Eso si lo pensamos sólo como una institución cuya función es brindar conocimientos para aplicar en un determinado campo. Ahora, si la universidad es un lugar donde poder encontrar investigadores en sus respectivas áreas, profesores que escuchan, debaten, traen gente que hace cosas en el mundo exterior, fuera de la torre de marfil, si la universidad contribuye a generar curiosidad, si orienta la búsqueda y ofrece más preguntas que certezas, si puede crear una red de pares en la que compartir inquietudes y encontrar posibles socios, entonces, no es comparable con Coursera o Khan Academy.

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